Lo importante es que en 1961 sale el #1 de Fantastic Four y la Silver Age de los cómics cambia para siempre. La revolución que trajeron a las páginas de los cómics fue notable: aparecieron los créditos de los artistas (al fin podías saber quienes hacían el cómic), los crossovers, los dibujos, los diálogos cambiaron, el lenguaje se volvió más interesante y el feeling que se produjo con los lectores, llevaron a Marvel a cambiarlo todo. El concepto de una familia lejos de las capas y antifaces y sobre todo haber dejado de lado las identidades secretas, convirtió a los Fantastic Four en el gran título a leer durante la Silver Age. La dupla Kirby-Lee duró hasta el #102 de 1970, cuando estos dos genios ya mucho no se soportaban, durante todo ese período la calidad de las historias tuvo puntos altísimos y otros no tanto. Pero lo cierto es que los cómics a como los conocemos hoy, se lo debemos a las bases revolucionarias que se instalaron con la publicación del ya legendario Fantastic Four #1, donde se estableció finalmente el formato definitivo de los comic-books y la re definición del género.
"Lo que era especial era el desarrollo de los personajes… la forma en que los personajes hablaban, pensaban y se comportaban. Piénsalo por un momento, había un científico noble llamado Reed Richards, que era el encargado de hacer declaraciones largas y pretenciosas sobre todo, desde la radiación de epsilon hasta el amor universal. Ahí estaba su débil y despistada novia, Susan Storm, que siempre parecía como si fuera mucho más feliz acurrucada en un sillón con una botella de valium y el último número de Vogue en lugar de ser capturada por el hombre topo o alguien por el estilo. Ahí estaba su flaco hermano adolescente, Johnny, la antorcha humana, que era descarado, ruidoso y un poco desagradable, el tipo de persona que parecía tener menos problemas para levantar un camión articulado que para tener una novia estable. Y por último, pero ciertamente no menos importante, estaba Ben Grimm, The Thing. En aquellos primeros días, The Thing no se parecía en nada a ese simpático ‘oso de peluche naranja’ de los últimos años. En aquellos días, se le describió como un Hulk maníaco depresivo con un dolor de cabeza constante por migraña, que siempre lanzaba frases del estilo: “¡bah! ¡fuera de mi camino, insignificante mortal!”. Destrozaba coches y edificios con un entusiasmo que dejaría a un hooligan promedio boquiabierto de admiración." (Alan Moore, 1983)

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