Ronald Lightgow y su amigo Michael sufrieron el trasplante de sus cerebros a cuerpos rocosos, hecho perpetrado por alienígenas que se ocultaban en unas colinas. Michael murió y Ronald (quien trabaja como redactor de discursos del senador Mark Douglas), siguió su vida casi como una estrella de la farándula, ya que se tramó que era un cyborg del gobierno. Adoptando la identidad de Concrete, es ayudado por su amiga Maureen Vonnegut (quien lo investiga en secreto) y su asistente Larry Munro. A nuestro protagonista le encanta estar bajo el mar, reflexionar sobre la vida y la muerte, coleccionar pinturas eróticas, mirar TV, estar con su perro Tripod, leer cartas de sus fans, ir a fiestas caretas y viajar en camioneta con sus amigos. Y es ahí donde reside la magia de este cómic, en esas pequeñas cosas habituales del día a día en las que Concrete posa sus pensamientos volátiles, meditando y analizando, de manera muy interesante, las trivialidades que tantas veces dejamos caer en la indiferencia. No hay un ritmo de lectura vertiginoso porque estas viñetas, preciosamente dibujadas por Chadwick, no lo requieren. El vuelo poético de los textos, los maravillosos diálogos y el humor siempre presente, redondean una obra de culto y sus inicios en estas historias cortas lo reflejan a la perfección. En 1987 se larga su serie propia y la cosecha de halagos y premios no se haría esperar. A cuatro décadas de su creación, Concrete continúa siendo vanguardia pura del noveno arte y un producto que cualquier amante de los cómics debería leer. Aplausos!
"Las historias cortas eran buenas para acentuar partes de la idea de Concrete centrales para él. La domesticidad del almacén, los encuentros hirientes con gente sin compasión, las frustraciones de la vida diaria en un cuerpo estrafalario, todo esto cabe muy bien en historias cortas y modestas, de 6 a 8 páginas." Paul Chadwick

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